A mis 60 años, me encuentro en un cruce de
caminos, un punto en el que la vida me presenta una factura, no económica, sino
emocional. Es la factura de una vida dedicada a los sueños y la felicidad de
otros, mientras los míos quedaban relegados a un segundo plano, a la categoría
de "ya lo haré". Y ahora, la amarga realidad: ¿hay tiempo para
cobrarlos?
Mirando hacia atrás, veo un patrón claro, casi
una sombra que me ha seguido a lo largo de los años. Siempre he sido el apoyo,
la persona que ponía el hombro, que se desvivía para que los demás alcanzaran
sus metas, para que fueran felices. Y lo he hecho con el corazón, sin dudarlo,
creyendo que en esa entrega residía mi propia satisfacción.
Pero el espejo de los 60 me devuelve una imagen
diferente. Me veo solo, a pesar de vivir en pareja, con la sensación de que la
historia se repite una y otra vez: mi felicidad postergada por la de los demás.
Hay un eco constante en mi mente: "siempre tengo que ser el último".
Renuncio a planes, a deseos, a experiencias... Y yo, por inercia o por una arraigada costumbre, cedo.
Siento que he desperdiciado mi vida, que he renunciado a mis propios sueños, a
mi propia felicidad, por cuidar, por complacer, por no defraudar a los demás... Y la verdad
es que duele. Duele reconocer que, quizás, en mi afán de ser el soporte de
todos, me olvidé de ser mi propio arquitecto.
Esta reflexión no es una queja, es un grito de alerta, una llamada de atención a mí mismo y, quizás,
a otros que puedan sentirse identificados. Porque la vida pasa, los años se
acumulan, y las oportunidades, aunque no desaparecen del todo, sí se
transforman.
¿Es tarde para mí? ¿Es tarde para desenterrar
esos sueños que tanto tiempo han estado sepultados bajo las necesidades ajenas?
No lo sé. Pero lo que sí sé es que este sentimiento no es un final, sino un
punto de inflexión. Es el momento de reconocer el patrón, de validar mi dolor
y, quizás, de empezar a reescribir mi propia historia. Porque la felicidad, al
final, también es un derecho. Y a mis 60, siento que es hora de reclamar el
mío.
El Tímido Charlatán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario