Cuando el alma anhela un respiro
Es una de esas contradicciones que cuesta
explicar, una sensación que a menudo es malinterpretada. ¿Cómo es posible
sentirse solo cuando se está rodeado de amor, de familia, de amigos?
"Tienes de todo", me dicen. "Estás acompañado", insisten. Y
sí, lo estoy. Tengo a mi pareja, a mis hijos, a mi nieto, a mis amigos. Mi
vida, vista desde fuera, es plena en compañía. Pero por dentro, a veces, el
alma grita por un tipo diferente de conexión: la conexión conmigo mismo.
El anhelo de
mi propia soledad
Lo que echo de menos, con una intensidad casi
dolorosa, es mi soledad. No la soledad de la ausencia, sino la soledad
de la intimidad. Esa burbuja personal donde no tengo que dar
explicaciones, donde puedo simplemente ser. Anhelo esos momentos de
silencio y reflexión, de no tener que medir mis palabras, de no estar
constantemente "autocensurándome". Es un espacio vital que, por alguna razón que
aún no logro desentrañar del todo, ahora mismo siento que me ha sido
arrebatado.
Y no es que no quiera a mi gente, ¡los quiero con
toda mi alma! Pero hay una parte de mí que necesita su propio refugio, su
propio aire. Es una necesidad tan básica como respirar, y cuando falta, el aire
se vuelve denso, pesado.
Los fantasmas
que regresan
Para complicar más las cosas, esta sensación de
asfixia y la falta de mi espacio personal han abierto la puerta a visitantes no
deseados,"fantasmas del pasado", les llamo. Son recuerdos de otra época,
de momentos difíciles, de pensamientos oscuros que creía haber superado.
Vuelven ahora, con una insistencia que me produce una inmensa frustración y
angustia.
Son esos pensamientos negativos que se instalan y
no me dejan en paz. Esa sensación de que "quisiera dormirme y no
despertar" es el punto álgido de esa angustia, una frase que solo expresa
el cansancio extremo de lidiar con estas emociones. Sé que son fantasmas de una
mala época, pero últimamente, han decidido que es un buen momento para
visitarme de nuevo.
Es difícil verbalizar esto sin que suene a
ingratitud o a locura. Pero la verdad es que la soledad que siento no es por
falta de gente, sino por falta de mí mismo. Es la soledad del alma que anhela
su propio espacio para sanar, para respirar, para simplemente existir sin la
necesidad de adaptarse o dar cuenta a nadie.
Espero que, al ponerle palabras a esto, no solo
me ayude a mí, sino que también sirva para que otros entiendan que sentirse
solo no siempre significa estar solo. A veces, la verdadera soledad es la
ausencia de uno mismo en la propia vida.
El Tímido Charlatán.
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