31/07/2025

Cuando el alma anhela un respiro.

Cuando el alma anhela un respiro

Es una de esas contradicciones que cuesta explicar, una sensación que a menudo es malinterpretada. ¿Cómo es posible sentirse solo cuando se está rodeado de amor, de familia, de amigos? "Tienes de todo", me dicen. "Estás acompañado", insisten. Y sí, lo estoy. Tengo a mi pareja, a mis hijos, a mi nieto, a mis amigos. Mi vida, vista desde fuera, es plena en compañía. Pero por dentro, a veces, el alma grita por un tipo diferente de conexión: la conexión conmigo mismo.

El anhelo de mi propia soledad

Lo que echo de menos, con una intensidad casi dolorosa, es mi soledad. No la soledad de la ausencia, sino la soledad de la intimidad. Esa burbuja personal donde no tengo que dar explicaciones, donde puedo simplemente ser. Anhelo esos momentos de silencio y reflexión, de no tener que medir mis palabras, de no estar constantemente "autocensurándome". Es un espacio vital que, por alguna razón que aún no logro desentrañar del todo, ahora mismo siento que me ha sido arrebatado.

Y no es que no quiera a mi gente, ¡los quiero con toda mi alma! Pero hay una parte de mí que necesita su propio refugio, su propio aire. Es una necesidad tan básica como respirar, y cuando falta, el aire se vuelve denso, pesado.

Los fantasmas que regresan

Para complicar más las cosas, esta sensación de asfixia y la falta de mi espacio personal han abierto la puerta a visitantes no deseados,"fantasmas del pasado", les llamo. Son recuerdos de otra época, de momentos difíciles, de pensamientos oscuros que creía haber superado. Vuelven ahora, con una insistencia que me produce una inmensa frustración y angustia.

Son esos pensamientos negativos que se instalan y no me dejan en paz. Esa sensación de que "quisiera dormirme y no despertar" es el punto álgido de esa angustia, una frase que solo expresa el cansancio extremo de lidiar con estas emociones. Sé que son fantasmas de una mala época, pero últimamente, han decidido que es un buen momento para visitarme de nuevo.

Es difícil verbalizar esto sin que suene a ingratitud o a locura. Pero la verdad es que la soledad que siento no es por falta de gente, sino por falta de mí mismo. Es la soledad del alma que anhela su propio espacio para sanar, para respirar, para simplemente existir sin la necesidad de adaptarse o dar cuenta a nadie.

Espero que, al ponerle palabras a esto, no solo me ayude a mí, sino que también sirva para que otros entiendan que sentirse solo no siempre significa estar solo. A veces, la verdadera soledad es la ausencia de uno mismo en la propia vida.

  

El Tímido Charlatán.

¿Y mis propios sueños?


A mis 60 años, me encuentro en un cruce de caminos, un punto en el que la vida me presenta una factura, no económica, sino emocional. Es la factura de una vida dedicada a los sueños y la felicidad de otros, mientras los míos quedaban relegados a un segundo plano, a la categoría de "ya lo haré". Y ahora, la amarga realidad: ¿hay tiempo para cobrarlos?

Mirando hacia atrás, veo un patrón claro, casi una sombra que me ha seguido a lo largo de los años. Siempre he sido el apoyo, la persona que ponía el hombro, que se desvivía para que los demás alcanzaran sus metas, para que fueran felices. Y lo he hecho con el corazón, sin dudarlo, creyendo que en esa entrega residía mi propia satisfacción.

Pero el espejo de los 60 me devuelve una imagen diferente. Me veo solo, a pesar de vivir en pareja, con la sensación de que la historia se repite una y otra vez: mi felicidad postergada por la de los demás. Hay un eco constante en mi mente: "siempre tengo que ser el último". Renuncio a planes, a deseos, a experiencias... Y yo, por inercia o por una arraigada costumbre, cedo.

Siento que he desperdiciado mi vida, que he renunciado a mis propios sueños, a mi propia felicidad, por cuidar, por complacer, por no defraudar a los demás... Y la verdad es que duele. Duele reconocer que, quizás, en mi afán de ser el soporte de todos, me olvidé de ser mi propio arquitecto.

Esta reflexión no es una queja, es un grito de alerta, una llamada de atención a mí mismo y, quizás, a otros que puedan sentirse identificados. Porque la vida pasa, los años se acumulan, y las oportunidades, aunque no desaparecen del todo, sí se transforman.

¿Es tarde para mí? ¿Es tarde para desenterrar esos sueños que tanto tiempo han estado sepultados bajo las necesidades ajenas? No lo sé. Pero lo que sí sé es que este sentimiento no es un final, sino un punto de inflexión. Es el momento de reconocer el patrón, de validar mi dolor y, quizás, de empezar a reescribir mi propia historia. Porque la felicidad, al final, también es un derecho. Y a mis 60, siento que es hora de reclamar el mío.


El Tímido Charlatán.

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